¿Trabajo doméstico o explotación?

 
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Cuarto Propio

Mónica Quijano

Uno de los llamados urgentes que ha interpelado a los distintos movimientos feministas a lo largo del tiempo ha sido pensar las relaciones de las mujeres con el trabajo. El tema es amplio y los conflictos múltiples: la dificultad de acceso a ciertos puestos, la desigualdad salarial, el llamado “techo de cristal”, la discriminación por embarazo, la insuficiencia de una infraestructura general y efectiva de apoyo vinculada con la maternidad –como las guarderías o lactarios en los espacios laborales–, por mencionar algunos de ellos. De todas estas problemáticas me interesa la del trabajo doméstico porque este ha estado en el centro de la explotación ejercida sobre las mujeres y porque en él se encarnan muchos de los prejuicios sobre los roles de género. Estos se basan en la histórica división del trabajo patriarcal donde los hombres serían los proveedores y las mujeres las encargadas del hogar, lo cual implica, además, la naturalización de la idea del “cuidado” como una característica esencialmente femenina, asimilada principalmente a la idea de maternidad. Durante siglos, el espacio por excelencia de la mujer fue el hogar y, salvo pocas mujeres (sobre todo aquellas pertenecientes a las élites aristocráticas y burguesas) cualquiera que quisiera salir del rol atribuido al cuidado de la casa  era castigada social y económicamente.

Con el acceso generalizado al trabajo después de la Segunda guerra mundial, las mujeres de las clases medias se enfrentaron a un problema que las mujeres pertenecientes a las clases trabajadoras venían sufriendo durante décadas: la doble jornada laboral. Lejos de ser una liberación, el trabajo remunerado fuera de casa se volvió, para muchas, una doble carga pues la jornada se prolongaba indefinidamente al ser estas las únicas responsables, en la estructura familiar, del cuidado del hogar y de los hijos. Es en este contexto que los feminismos materialistas y socialistas de los años sesenta explicarán la desigualdad y opresión de las mujeres en el ámbito privado como un problema estructural de la explotación patriarcal. Algunas de ellas, como Christine Delphy, postularán que el trabajo doméstico es la base de la explotación de las mujeres en el seno de la estructura familiar y el matrimonio. Este, al no ser considerado como un actividad productiva, no es remunerado y carece del valor de cambio que tienen otros tipos de trabajo. Esta des-valorización, junto con la función del matrimonio, hace que las mujeres compartan una posición común de clase social oprimida por las estructuras del capitalismo patriarcal.

En México y otros países de América Latina la situación toma un cariz diferente, dada la composición desigual de nuestras sociedades donde el trabajo doméstico se vuelve una actividad remunerada de la cual se ocupan, principalmente, las mujeres en situación de pobreza y muchas veces también las que se encuentran en condición de migrantes. Si algo hizo visible (y puso durante un par de meses en el centro de la discusión pública) la película Roma de Alfonso Cuarón es la terrible ambigüedad de las relaciones establecidas entre las familias de las clases medias mexicanas y las empleadas domésticas, que se traduce en un abuso no asumido como tal, un maltrato “buenondita” en donde la supuesta familiaridad y los vínculos afectivos entrañan una serie de desigualdades que muchas veces se convierten en explotación. Dicha situación nos obliga a repensar las relaciones de clase (y los racismos que muchas veces las acompañan) al interior mismo de los vínculos entre mujeres. Estas relaciones pueden pensarse a la luz de las críticas a una cierta idea “universalizante” de la mujer (cuyo modelo es la mujer blanca de clase media) realizadas por feminismo afroamericano (pienso en bell hooks, por ejemplo, y su idea de la interseccionalidad entre raza, capitalismo y género), o en las diversas reflexiones hechas desde América Latina, entre las que podríamos mencionar, en el tema de las trabajadoras domésticas, las de Romina Lerussi y Roxana Hidalgo Xirinachs. Es también a la luz de estas críticas que podríamos revisar el uso actual, muchas veces aligerado y acrítico, del término “sororidad”. Quisiera aclarar que esta revisión no implica desresponsabilizar al patriarcado de la explotación del trabajo doméstico remunerado, finalmente, siguen siendo mujeres las que mayoritariamente realizan esta actividad.

Sin embargo, una solidaridad plena entre mujeres implicaría hacernos cargo de las diferencias de clase, de las injusticias y la discriminación que colonizan nuestros espacios cotidianos. Asumir que ser mujer tiene, en estas sociedades, distintas connotaciones y que una de las luchas políticas centrales de nuestros feminismos está en erradicar estos distintos sistemas de explotación. En vez de alimentar un discurso auto complaciente que tiende a idealizar las relaciones entre las mujeres y borrar cualquier tipo de desigualdad de clase o etnia, empecemos por revisar nuestras prácticas y por asumir nuestra responsabilidad social. Esta implicaría, en el tema específico de las trabajadoras domésticas, promover condiciones laborales dignas que incluyan contrato de trabajo, seguro social, salario justo, prima vacacional y fondo para el retiro. En esta línea, un paso fundamental fue la aprobación, por el Senado de la República el 23 de abril de este año, de la reforma a las leyes Federal del Trabajo y del Seguro Social, a través de la cual se busca regular el trabajo doméstico remunerado, así como reconocer y garantizar los derechos de las personas que se dedican a esta actividad.

Falta, sin embargo, mucho camino por andar. Debemos seguir luchando para que esta iniciativa opere, de facto y no sólo en papel, en las relaciones laborales del trabajo doméstico. La sororidad solo puede funcionar si asumimos que no hemos superado el problema de clase (ni el racial), que rige parte de nuestras relaciones como (y entre) mujeres. Este, además, se ha ido agravando en el contexto de la crisis del trabajo en el capitalismo global. No olvidemos que la justicia y la lucha por la desigualdad pasa primero por los espacios que habitamos en la cotidianidad. En ellos, más que en cualquier otro lado, lo personal sigue siendo, fundamentalmente, político.