Cooperativa Pascual, una experiencia de cuatro décadas

 
05Diego.png

La casa del pueblo

Diego Bautista Páez

En agosto de 1984, la Sociedad Cooperativa Trabajadores de Pascual empezó labores, sus 35 años de vida son una experiencia relevante para los trabajadores y la sociedad mexicana. Revisitar su historia y analizar su presente es un camino útil para problematizar el tipo de desarrollos productivos que pueden seguir las cooperativas como parte del amplio entramado de la economía social en nuestro país.

La Cooperativa que produce los jugos Boing y los refrescos Pascual y Lulú, tuvo su origen en una huelga que duró más de mil días. El paro comenzó por el incumplimiento por parte de Refrescos Pascual S.A., de un aumento salarial de emergencia decretado por el gobierno federal para atenuar la crisis económica de 1982. Ante la negativa del dueño, el 18 de marzo de ese año, los trabajadores de Pascual iniciaron un paro de labores hasta el 31 del mismo mes, cuando el patrón encabezó un ataque contra los huelguistas que mantenían cerrada la planta principal de la empresa. La agresión patronal dejó 2 obreros muertos. Los trabajadores de Pascual prosiguieron con la suspensión de labores hasta mediados de 1984. En ese periodo, no sólo tuvieron que confrontar al patrón Rafael Jiménez (compadre del expresidente Echeverría), también lo hicieron contra las representaciones sindicales “charras” de la CTM y una fracción de la CROC.

Los huelguistas, al ganar el apoyo de buena parte de la población y favorecidos por las transformaciones del régimen, lograron que se reconocieran sus demandas y que, para junio de 1985, se otorgara un laudo conciliatorio que determinaba pagar a los trabajadores las utilidades devengadas y salarios caídos durante los tres años de huelga. Refrescos Pascual se declaró en bancarrota y fue subastada, la adquirieron los trabajadores para conformarla en sociedad cooperativa.

A la épica de la huelga, que es medianamente conocida, prosiguió otro momento importante: la puesta en marcha de la Cooperativa y su inmediato éxito comercial. Ambos procesos fueron posibles gracias a la reorganización productiva de los trabajadores, aunado a la solidaridad que tuvieron por parte de la población de la Ciudad de México y las organizaciones sociales que en esos años emergieron al calor de la llamada Insurgencia sindical. Los noveles cooperativistas lograron hazañas productivas como reconstituir las fórmulas con las que se elaboraban las bebidas o echar a andar maquinaria aparentemente inservible en pocos días. La reorganización del trabajo se dio a partir del conocimiento empírico conjunto que tenían de los procesos productivos. A la par, el dinero para arrancar la producción provino de esfuerzos solidarios como la transferencia de un día de salario efectuada por los afiliados al Sindicato de Trabajadores de la UNAM (STUNAM) o la donación de obras que diversos artistas como Mario Orozco Rivera, José Luis Cuevas, Felipe Erenberg, Martha Chapa o Carolia Paniagua, subastaron en favor del proyecto. Con el pasar de los años, esta iniciativa redundó en la conformación de la Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte.

Los esfuerzos en la reorganización del trabajo y la capitalización de la Cooperativa hubiesen sido vanos si sus jugos y refrescos no hubieran sido comprados en el competido mercado refresquero. La penetración que tuvieron Boing, Lulú y Pascual en las tiendas y puestos de comida o su promoción por cooperativas escolares introducidas por la CNTE (arguyendo su calidad frente a otras marcas) son fenómenos que ilustran su éxito comercial. La presencia de brigadas informativas durante la huelga o el apoyo de los cooperativistas en las primeras horas del sismo de 1985, son probables motivos para explicar su aprobación.

Algunos estudios de factibilidad —necesarios para obtener un crédito gubernamental que nunca llegó— auguraban pocos meses a los trabajadores al frente de la administración de Pascual… este agosto cumplen 35 años. Para que el proyecto llegara a su cuarta década tuvo que enfrentar adversidades como la crisis económica y la aprobación del Tratado de Libre Comercio en 1994, el crecimiento de las grandes trasnacionales del rubro o el cambio de algunos hábitos de alimentación en franjas amplias de la población mexicana. Estos fenómenos representaron desafíos y transformaciones para la Cooperativa Pascual, si bien su continuidad ya es un triunfo para un proyecto que se mantiene como hito por ser una lucha sindical victoriosa, la cual continúa como sociedad cooperativa gracias a la preferencia de miles de consumidores. Sin embargo, Pascual se ve asechada por un contexto adverso. En los años neoliberales las cooperativas han oscilado entre su conformación como empresas privadas o, en el caso de algunas en la industria, como las de los llanteros de TRADOC y los electricistas en Luz y Fuerza, han optado por alianzas con capital trasnacional para subsistir. A su vez, los esquemas de subcontratación, terciarización de actividades o estratificación de socios, aparecen como fuertes tendencias disolventes del cooperativismo, propiciadas por este patrón de acumulación.

Las cooperativas son una constante en el mundo moderno, han probado su adaptación en distintos modelos productivos hegemónicos en la historia del capitalismo. En el caso mexicano, durante el último tercio del siglo XIX, surgieron como organizaciones de resistencia frente a la falta de derechos en el trabajo; en la postrevolución y el cardenismo formaron parte del conglomerado obrero que emergió a nivel nacional; y, durante el priismo, muchas fueron sujeto del control corporativo estatal. El caso de Pascual ilustra cómo se puede resistir a la cooptación estatal y las tentaciones de transformación en empresa privada, gracias a una combinación entre éxito comercial y memoria histórica.

La adaptación productiva de las cooperativas tiene un correlato en el lugar que ocupan en distintos discursos políticos sobre el desarrollo. Si para los neoliberales aparecen como modalidad de “emprendedurismo”, para el nacionalismo revolucionario son organizaciones secundarias de subsistencia frente a la economía centralizada. El socialismo desde sus inicios incorporó a las cooperativas a su ideario como gimnasia productiva por parte de los trabajadores en la gestión de los medios de producción. Por otro lado, las formas federativas de autogestión proponen en sus desarrollos teóricos y experiencias prácticas un lugar relevante para las cooperativas. Ahora que se discute sobre un nuevo modelo de desarrollo económico para México, no estaría de más preguntarnos sobre el lugar que ocupan emprendimientos productivos que no sean empresas privadas convencionales ni parte del entramado económico estatal. La Cooperativa de Pascual en los años por venir nos podrá dar alguna luz al respecto.