Se llamaba Silvia Mistral

 
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Otras Orillas

Rafael Mondragón

Se llamaba Silvia Mistral, pero había nacido con el nombre de Hortensia Blanch Pita. Era anarquista. Aunque nacida en Cuba, se sentía catalana, y el libro más hermoso que escribió inicia con su huida de Barcelona, poco antes de que el ejército fascista iniciara la toma de la ciudad. En él cuenta el encuentro con un soldado, de origen campesino, que abjuraba de la guerra:

–El cerebro ha avanzado mucho, pero los sentimientos prosiguen siendo los de la Edad Media. No es el señor feudal el único tirano; el capitalismo es una grandiosa colectividad de señores feudales. El orden y la ley imperan en Europa para abatir, por la fuerza bruta, la única Ley que se puede admitir: la Ley del corazón[…].
Le pregunté por qué luchaba él. Y me contestó:
–Yo acepto la guerra, a sabiendas de que es imposible vencer las poderosas fuerzas de la política mundial. Aherrojando la no intervención, nuestra Revolución no ha hecho otra cosa que lanzarnos de error sobre error. Dantón dijo a Robespierre: “La sangre te ahogará”. Nosotros moriremos en mares de sangre. Cada cual ha pretendido imponerme su doctrina, cuando, viniendo del campo, llegué a la milicia, unos me dijeron que la verdad era Dios, otros pretendieron que me arrodillara ante los bigotes de Stalin, a quien llamaban “el Guía amado”, y los siguientes repitieron que no había más Dios que el rollizo y dorado Becerro de Oro. Yo vengo del campo; en la guerra no hice otra cosa que abrir grandes surcos en la tierra – las trincheras – y al campo volveré cuando el frenesí de la sangre termine a practicar mi única política: la del Buen Amor
— Éxodo. Diario de una refugiada española, México, Minerva, 1940, pp. 16-17

Cuenta también cómo en la víspera de la llegada de los fascistas las azoteas de Barcelona brillaban con grandes hogueras donde la gente quemaba papeles comprometedores, y cómo por la vía pública volaban los libros rotos: textos de Marx, Bujarin, Roussseau, Blasco Ibáñez, Pío Baroja, Remarque, Barbusse y las obras completas de José Martí. Cuenta de su deambular como sonámbula en las calles nocturnas, y de la botella de leche que encontró tirada por casualidad y que le sirvió para alimentarse durante los días siguientes.

            El libro se llama Éxodo. Diario de una refugiada española, y fue editado por Ricardo Mestre, pareja de Silvia Mistral, en la pequeña editorial anarquista Minerva que Mestre fundó en México junto a Miquel A. Marín y Ramón Pla Armengol. En Éxodo, Silvia se recuerda a sí misma caminando en largas filas hacia la frontera con Francia. Recuerda las pandillas de niños sin padre que medraban en la calle. A una madre desconocida que alzaba a su hijo en manos para pedirle que se lo llevara consigo. Recuerda la literatura con la que la gente de los campamentos de refugiados ahuyentaban el miedo y sostenían la dignidad:

…el ambiente es tranquilo y no ha desaparecido la sensibilidad. Algunas veces los extranjeros me piden que les declame versos. Militarmente todos consideran la guerra perdida, pero saben que el antifascismo ha ganado la batalla moral […]. El lituano discute conmigo sobre el valor poético de los versos de García Lorca. No le gustan o no los comprende. Dábamos vueltas en rededor de “Preciosa y el aire”. A poco, todos corrimos de la ilusión de los campos andaluces, donde Preciosa, llena de miedo, huía del viento, a la realidad del campo catalán.
— (pp. 36-37)

Y es que había aviones fascistas sobrevolando Gerona y bombardeando impunemente las poblaciones y sus alrededores. Los aviones siguieron bombardeando las largas hileras de niños, mujeres y ancianos que caminaban cansinamente en el camino a la frontera.

            En su libro, Silvia recuerda Francia. Las bromas con que los refugiados iban conjurando la desgracia (“ –¿A dónde vais? –Vamos ganando posiciones hacia la frontera”). La muchacha con los pies descalzos a quien le regalaron unos zapatos, y que les gritó que los guardaría para ponérselos al entrar en Francia “para que no digan que somos un ‘pueblo inferior’”. Su separación de Ricardo. Los campos de concentración. Una playa desierta y rodeada de un alambre de púas. El rumor que se extiende: en un país llamado México hay un gobierno que está dispuesto a recibirlos. Un anciano se volvió loco. Lo vieron hacer sus maletas, calarse el sombrero y comenzar a caminar, sumergiéndose en el mar. “¿A dónde vas?”, le preguntaron mientras trataban de agarrarlo. “A México”, decía él, alegremente. “Voy a México”. Recuerda un tren a donde ella y sus amigas se subieron de contrabando. Gente que se acercaba al tren en movimiento para darles pan. Un pueblo perdido de la mano de Dios en donde finalmente pudieron bajar y les ofrecieron una casa. Dos mujeres estrafalarias, con olor a anís, que regenteaban el Café París y se volvieron sus protectoras. La casa desvencijada donde vivían catorce mujeres españolas. Los papeles que ella recoge en la calle: una página de Robin Hood, capítulo XXVII, que comenzaba con la “Profecía del hambre”, a través de la cual ella siente que alguien se comunica. La música: la noche que cae, una mujer que canta una sevillana para ahuyentar al dolor y regresar por unos minutos a su tierra. El baile de ella, el zapateado, el movimiento de sus brazos. Se recuerda a sí misma con fiebre, el brazo infectado por una vacuna mal puesta, sus delirios. Las cartas de Ricardo desde otro campo de concentración: para consolarla, le manda versos de García Lorca:

Debajo de la hoja

de la verbena

tengo mi amante malo,

¡Jesús, qué pena! –

Debajo de la hoja

de la lechuga

tengo mi amante malo, con calentura. –

Debajo de la hoja

del perejil

tengo mi amante malo

y no puedo ir.

Recuerda el dolor sin consuelo ni medida cuando se enteraron de la muerte del adorado Antonio Machado. La locura enrabiada de una aragonesa que cantaba viejas jotas de su mocedad: nadie lograba hacerla callar, ni siquiera porque tenían a una refugiada embarazada que agonizaba después de tener un accidente. La vieja aragonesa cantaba a todas horas, enrabiada, mientras sus hijos, llorando, repetían: “está loca, está loca…”. Recuerda el odio sordo y terco de las vecinas del pueblo que comenzaron a hacerles la guerra, a difundir chismes sobre esas españolas jóvenes y llenas de pasión que eran miradas con deseo medroso por los campesinos y soldados. Se recuerda descubriéndose alegre porque hay un joven estudiante que le recita poemas en francés. Recuerda cómo hizo un viaje en moto en compañía de un soldado para visitar a otras refugiadas en los pueblos vecinos. La alegría de los espacios abiertos. La solidaridad de Encarnación y Esperanza, sus amigas refugiadas. La decisión de escribir un manifiesto firmado por ella y otros intelectuales españoles en donde piden la solidaridad de sus pares en Francia. Piden que los dejen trabajar, hacer cine, pintar, escribir. Silvia Mistral amaba el cine. Había escrito críticas en Umbral y La Vanguardia, y antes del estallido de la guerra tuvo tiempo de iniciar una revista, Nuevo Cine, en donde trató de reunir a los jóvenes de entonces preocupados por el desarrollo del cine como lenguaje. En los inicios de la guerra imaginó un vasto movimiento cinematográfico patrocinado por el gobierno republicano: deseó la aparición de “imágenes que lleven al público mundial la visión trágica de un país que, con la muerte siempre en la balanza, trabaja y labora por conservar entre el fragor de la lucha sus valores históricos y espirituales” (“El cinema español en la Exposición de Nueva York. El mundo de hoy y el de mañana”, Umbral, núm. 61, 14 de enero de 1939, p. 12.). La Paramount estaba a punto de integrarla a su equipo cuando estalló la Guerra Civil. Nunca dejaría de amar el cine. A su llegada a México, cuando se vio obligada a trabajar en una revista fascista dirigida por José Vasconcelos, continuó publicando hermosas crónicas sobre el desarrollo del cine como lenguaje, su dimensión política, las relaciones guardadas entre este arte y la sociedad de mercado. Ya en España se había enfrentado con su amado poeta Antonio Machado para defender las posibilidades artísticas del medio. “Podríamos simbolizar al cine en una piedra. El albañil –obrero-- hará una pared con varias piedras. Si el obrero es, además, artista, creará una obra de arte con la misma roca [...]. El cinema es, pues, un medio para producir arte, como la piedra, la tela o las pinturas” (“El eterno pleito”, Umbral, núm. 59, 31 de diciembre de 1938, p. 10).

            Se llevó ese amor al cine junto con sus pocas pertenencias el día en que le permitieron abordar un barco que la trajo a este país. Originalmente habría abordado el Sinaia, pero estaba tan enferma, tan débil, que fue incapaz de hacer el viaje que le permitiría llegar al puerto. Cuando supo que, a pesar de todo, habría un lugar en el Ipanema, se lanzó para allá en compañía de Esperanza, su amiga amada, que lloró amargamente cuando finalmente se despidieron. Los franceses del pueblo, “orgullosos y soberbios”, murmuraban entre dientes que México era un país salvaje, y ella respondía desafiante que ese país salvaje les había dado una lección de humanidad.

            En el barco, que –a decir de Silvia- revivía, modernizado, el tráfico de carne humana, Ricardo organizó un pequeño periódico. Ella apuntó, para recordar después, cómo varios jóvenes gallegos, marinos en su mayoría, se reunieron en el puente de babor a la caída de la tarde cuando el barco pasó a la altura del Cabo Finisterre. En círculo, entre un silencio solemne, leyeron el texto siguiente:

A vista do Fisterre, recibe, pobo galego, o saudo garimoso dos que niste intre dooroso van care o exilio. Non perdades esperanzas, mantede o esprito ergueito que non tardará en cair o treidor que perante tres anos encheu de mortos Galiza e de loito os seus fogares.

VIVA GALIZA CEIBE. VIVA REPUBRICA. ABAIXO FRANCO.

O, como ella tradujo:

A la vista del Finisterre, recibid, pueblo gallego, el saludo cariñoso de los que en este instante doloroso van cara al exilio. No perded esperanzas, mantened el espíritu alto, que no tardará en caer el traidor que durante tres años llenó de muertos Galicia y de luto sus hogares.

VIVA GALICIA. VIVA LA REPÚBLICA. ABAJO FRANCO (p. 163).

Después se enrolló el texto para depositarlo adentro de una botella que fue lanzada al mar mientras doce o quince voces entonaban el himno galaico. Y ella apuntó, para que no se le olvidara, que todos imaginaron cómo algún pescador del norte recogería al día siguiente, entre sus redes, esa botella, y cómo entonces su mensaje encendería la esperanza entre los antifascistas que se habían quedado.

            Apuntó además las canciones que los vascos y catalanes cantaban en la proa o la popa del navío. Recordó cómo había sido la llegada a Martinica, con sus negras hermosas que hicieron que los viejos españoles aprendieran a bailar danzón. Recordó a los poetas martiniqueses visitando el barco para abrazar a los refugiados, a un fraile antifascista que llevó a sus muchachos para dar un concierto, y el sentimiento de solidaridad que los unió con esas personas que eran nietas de esclavos. Quizá ella no sabía que ese año de 1939 el joven poeta martiniqués Aimé Césaire había publicado un libro en donde hablaba de otro barco en donde él, finalmente, regresaba a su patria en compañía de sus antepasados: hombres y mujeres que habían sido obligados a abandonar África en un barco negrero y ese día se ponían de pie junto a Césaire:

Partir.

Como hay hombres-hienas y hombres-panteras, yo seré

un hombre-judío

un hombre-cafre

un hombre-hindú-de-Calcuta

un-hombre-de-Harlem-que-no-vota

 

El hombre-hambre, el hombre-insulto, el hombre-tortura

se podía en cualquier momento agarrarlo molerlo a golpes, matarlo -perfectamente matarlo- sin tener que rendir cuentas a nadie sin tener que dar excusas a nadie

 

un hombre-judío

un hombre-pogrom

un perrillo

un mendigo […]

 

Volveré a hallar el secreto de las grandes comunicaciones y de las grandes combustiones. Diré tormenta. Diré río. Diré tornado. Diré hoja. Diré árbol. Seré mojado por todas las lluvias, humedecido por todos los rocíos. Rodaré como sangre frenética sobre la lenta corriente del ojo de las palabras en caballos locos en niños lozanos en coágulos en tapaderas en vestigios de templo en piedras preciosas lo suficientemente lejos para desalentar a los mineros. Quien no me comprenda tampoco comprenderá el rugido del tigre [...].

 

Y está de pie la negrería

 

La negrería sentada

inesperadamente de pie

de pie en la cala

de pie en los camarotes

de pie en el puente

de pie en el viento

de pie al sol

de pie en la sangre

 

              de pie

                          y

                          libre

 

de pie y no como una pobre loca en su libertad y su indigencia marítimas girando en la deriva perfecta

y aquí está:

más inesperadamente de pie

de pie en los cordajes

de pie ante el timón

de pie ante la brújula

de pie ante el mapa

de pie bajo las estrellas

              de pie

                          y

                          libre.

(Cuaderno de un retorno al país natal, versión de Agustí Bartra, México, Era, 1969, pp. 45, 47, 123)

Silvia Mistral también se había puesto de pie. Escribiría cuentos para niños que hoy sigue imprimiendo la Editorial Trillas. Junto a Ricardo fundaría la Biblioteca Social Reconstruir en la oficina de Morelos 45, despacho 206, muy cerca del Café La Habana, en donde se reunieron por décadas amantes de la lectura. En la puerta del despacho -recuerda Ángel Jaramillo Torres- había “un letrero que resulta incomprensible para quienes confunden anarquismo con ansias dinamiteras: Libertad, no violencia” (“El rebelde de Bucareli”, La Jornada Semanal, 1 de marzo de 1998).

            Hoy esa misma biblioteca está a un par de cuadras del Metro La Raza y guarda los libros de Ricardo y Silvia. Éxodo, por otro lado, sigue siendo un libro secreto: uno de los más bellos testimonios sobre la violencia de la Guerra Civil y la capacidad de la gente común para guardar la dignidad.