Materialidad y sexo más allá del esencialismo sexual

 

Perspectivas

Cintia Martínez

Me interesa escribir sobre un debate que está volviéndose importante hoy: las disputas entre transfeministas y grupos que se autodenominan feministas radicales. La complejidad de la polémica es imposible de resumir, pero es bien sabido, que una de las posiciones reconocible es la de la comunidad transexual y transgénero, quien ve en el autodenominado feminismo radical un discurso TERF (Trans Exclusionary Radical Feminism, por sus siglas en inglés), y la otra, es la postura de las autodenominadas feministas radicales que ve con desdén que las transfeministas se reconozcan mujeres.

Lo que pretendo en este escrito es discutir con algunas de las numerosas tesis sostenidas por las autodenominadas feministas radicales. Me atañe tal discusión porque quiero llegar a algo que me parece central, esto es, que el interlocutor incómodo no está entre nosotras, tampoco entre nosotres. Deseo modificar el desajuste que distorsiona el lente y nos lleva a olvidar que en estos momentos, en este país, estaría mejor encaminada (quizá) nuestra energía en hacer frente a otras cosas, por ejemplo, las alianzas que el gobierno actual está haciendo con pentecostales evangélicos porque, si con mala suerte, la cuarta transformación deviene quinta, es posible que una derecha religiosa se organice por igual en contra de nosotras y nosotres. Creo que afinar el lente nos dejaría mejor preparadas para ese futuro medieval que nos alejaría, por igual, de una vida vivible.

Un error del que nos previene la epistemología feminista, es creer que es posible “hablar por alguien” o “de algo” sin antes enunciar el lugar desde el que se habla y la posibilidad que ese lugar nos da, pero también la posibilidad que nos quita. Así que aquí voy yo, quien casi a lo largo de su vida, hasta ahora, ha tenido preferencia por el sexo opuesto, la misma persona cuya correspondencia entre su identidad de género y sexo nunca ha quitado el aliento, o como diría Butler, la posibilidad de aspirar a una vida vivible.

Pues bien, regreso al punto prometido. El actual feminismo radical hace referencia al olvido de una distinción que fue pilar del feminismo en sus orígenes, me refiero a la distinción sexo-género, y sobre todo, a las repercusiones de ese olvido en el terreno de la legislación y las políticas públicas. Hay un espíritu compartido ahí,  que se ejemplifica con la tesis de que “es posible con el género que tengo, fabricar un sexo”. Con dicha formulación se hace mofa de lo que las feministas radicales han reconocido como el gran error de la teoría queer: la anulación del sexo. Mofa que, en primera, a todas luces es una interpretación cuestionable, por lo menos en lo que a Butler refiere, figura que este grupo de feministas reconocen como la teórica queer par excellence. “Género es el aparato a través del cual tiene lugar la producción y normalización de lo masculino o femenino”, dijo ella en Deshacer el género (Barcelona: Paidós, 2006), posición que dista muchísimo de un voluntarismo ramplón. El género es la suma de elementos articulados que normalizan, por lo que jamás es un acto individual, mucho menos un acto libre. (Tampoco imposible de subvertir por la iterabilidad del signo, esto significa, por la capacidad sígnica de siempre ser otro cuando es actuado.)

Me interesa comprender cómo, de reclamar el olvido del sexo, estas posturas concluyen que el transfeminismo y la teoría queer hayan generado una categorización que ahora deja a las mujeres trans como “las verdaderas Mujeres”, o a posiciones que derivan de, eso que se reconoce como “constructivismo sexual de la teoría queer”, cosas como la defensa de la pedofilia. Interesada por comprender el orden argumentativo que lleva a tales conclusiones, me interesa aventurar una hipótesis: creo que estas posturas parten de una concepción esencialista del sexo. Reconozco, detrás de ese esencialismo, una argumentación más o menos común que recuperaré en breves palabras.

Al feminismo radical preocupa, entre otras cosas, el olvido del género como constructo cultural y que éste opere sobre el sexo, determinación biológica material (distinción central para “los estudios feministas”). Esto significa que, si para “los estudios feministas” el género es un constructo cultural –es decir, aquel conjunto de conductas, preferencias y mandatos del patriarcado–, esos estudios también reconocieron que el sexo es el principal indicador que permite identificar la opresión y la discriminación. Porque, diversas autoras que comparten esta posición sostienen, el acierto de “los estudios feministas” fue ver al cuerpo femenino –cuerpo biológico sexuado, con vulva, menarquía, hormonas, capacidad de lactar, etcétera–, como el principal indicador de la opresión patriarcal. Esto no es poca cosa porque de ahí se deriva que les preocupe el concepto sexo (con toda su carga material) y que éste sea borrado en diversos otros sitios. La culpable aquí, afirman, es la teoría queer –Butler de fondo– y la aseveración de que el sexo es la mera normalización del género (y en ese sentido, su efecto; a partir de un lingüisticismo “posmoderno” que borra lo material).

Laura Lecuona y Raquel Rosario Sánchez sirven como estandartes para analizar en el mundo real las consecuencias de lo anterior. Para ellas, al reconfigurar al género como elemento identitario, la construcción cultural cobra rigidez. Lo anterior porque el género como identidad, a diferencia de lo propuesto por “los estudios feministas”, refuerza estereotipos y jamás pone en cuestión el patriarcado. La teoría queer, montada sobre el supuesto anterior, sería esa que cree que el género se juega en las identidades y olvida que el patriarcado opera en el sexo, de ahí que se vuelva cómplice patriarcal. Para ellas, la identidad de género preocupa porque vuelve al sexo mero asunto de sentido interno, convicción personal y elección. ¿Y la menarquía? Es una pregunta recurrente que aparece y sintetiza el punto anterior, la mención busca evidenciar el sinsentido que defiende la materialidad ineludible del sexo. Puesto así el debate, no me parece extraña la reacción, se trata de una postura convencida, al igual que yo, nada nostálgica, y sí clara de que en la distinción sexo/género del feminismo pre-teoría queer se jugó la comprensión del cuerpo femenino y su sitio en el mundo, así como el motivo de su lucha.

Me gustaría recordar lo que biólogas filósofas y feministas han hecho respecto a estos dilemas que ya vieron su cúspide hace algunas décadas. Estoy convencida de que una lectura atenta de autoras como Anne Fausto-Sterling, Susana Oyama o la misma Haraway pondría esta discusión en otro sitio menos hostil, y un otro sitio profundamente feminista capaz de hacer frente también al patriarcado. Por ejemplo, la teoría ontogénica de sistemas de Oyama deja ver una cosa muy simple, la naturaleza no es sino en interacción con el ambiente, con ello derrumba la dicotomía naturaleza/crianza que asumiría que por un lado existen determinaciones “naturales” innatas, y por otro, el ambiente, como espacio donde brota lo natural. Esto, reformulado en el debate sexo/género (que a las feministas radicales interesa), significa que el sexo tiene realidad natural, pero esta no es una constante en el organismo ya que en realidad se da en interacción con el ambiente, por ello, no es fija. Hay un punto que sí comparto con las radicales: el cuestionamiento a un feminismo postestructuralista que dejó de lado una problematización del sexo y del cuerpo sexuado. Por eso creo que formulaciones como las de las biólogas aquí mencionadas permitirían pensar una versión del sexo, no como algo natural estático y puro, sino como algo difícil de categorizar, vital, en constante transformación y, a la vez, distinto del género. El cromosoma XY, aquello que tienen en común los hombres, cae por su absurdo cuando Fausto-Sterling cuenta la historia de María Patiño, vallista española que no supo que tenía cromosoma XY hasta que el Comité Olímpico internacional le hizo una prueba de ADN. Fue ahí cuando María descubrió su insensibilidad a los andróginos, enfermedad congénita en la que su cromosoma correspondía a un “hombre”, pero sus hormonas no podían reconocer las hormonas masculinizantes, por ello, la vallista vivió siempre como una mujer con cuerpo femenino. Entonces, ante la claridad de un feminismo radical que defiende a la mujer como el sujeto del feminismo me pregunto ¿en qué consiste ser mujer, tener un cuerpo femenino? 

 No hay espacio aquí para un desarrollo minucioso, pero me basta con aclarar que una consideración del sexo es posible en términos no esencialistas. Estoy convencida de que se puede hacer muy bien una problematización que abarque los absurdos que la dicotomía hombre-mujer guarda y ahí, justo, la materialidad del sexo nos acercaría a pensar de la mano de algo que ya no tiene marcha atrás: el movimiento LGBTTTI+. Si adquirimos una revisión compleja, que incluya el ambiente, o la complejidad de los organismos biológicos, podremos ver que lo que se reconoció como hormonas sexuales depende de las condiciones de desarrollo de un organismo y lo que se reconoce como preferencias sexuales puede cambiar a lo largo de la vida del mismo. Por ejemplo, Fausto-Sterling comienza su libro Cuerpos sexuados (Barcelona: Melusina, 2006) hablando del absurdo de haberse casado, por amor, con un hombre y descubrirse a mediana edad como una lesbiana. También, menciona varias veces que la catalogación de hombre y mujer, además de ser un asunto histórico (tesis afín a la teoría queer) determinado por la medicina, es una cuestión gradual en donde la complejidad del sexo no funciona como el feminismo filosófico especuló.

En fin, creo que empezar por ahí nos permitiría avanzar en cuestiones interesantes. En lugar de anular a la comunidad LGBTTTI+, se trata de tomar el difícil reto de encontrar traducción - en materia legal, o en términos políticos- del caos en donde afortunadamente ésta nos ha muy bien dejado. Por ejemplo, aspirar a pensar en materia legal en el sujeto del feminismo o el transfeminismo, desde una biología que no reconozca a cabalidad la dicotomía hombre-mujer, permitirá, por lo menos, partir de la ineludible complejidad sexual. No creo que sea buena estrategia buscar al sujeto del feminismo, y disputar quién es más mujer, o quién ha sufrido más. En primera, porque en esa búsqueda está de por medio una fantasía (la de Ser mujer) y, en segunda, porque no veo posible medir qué sufrimiento es más grande, si el de mujeres o mujeres trans. Creo que una problematización feminista no puede prescindir de los debates ontológicos que hay detrás; el hecho de las feministas radicales reactiven la posibilidad de analizar los supuestos sobre los que operan las agendas políticas, me parece un acierto. Pero, a la vez, no veo sitio dónde descansar muchos puntos de un feminismo radical después de una biología no esencialista. Estoy de acuerdo con la importancia de dar al feminismo un sustento material, como las ponentes demandan, pero, el ambiente nos obliga a pensar, en conjunto, sus retos para todas, todes y, ¿por qué no?, para todos.