La ética del consentimiento

 
08Monica.png

Cuarto Propio

Mónica Quijano Velasco

 
 

Uno de los principales temas que salieron a la discusión pública gracias a la toma de la palabra de muchas mujeres en México (y otras partes del mundo) a raíz de los movimientos #metoo es el del consentimiento sexual. La consigna #NoEsNo recoge lo problemático que es, en nuestras sociedades machistas, el reconocimiento de espacios verbales y físicos seguros, en donde las interacciones --principalmente las heterosexuales, pero no sólo estas--, puedan darse en condiciones de equidad y respeto.

El consentimiento, en el plano de las relaciones eróticas, implica una aceptación, verbal o tácita, de participar en algún tipo de actividad sexual (y estoy pensando que esta actividad no solo tiene que ver con el contacto físico, también puede darse por medio de palabras, como sucede con el “piropo”). Cuando este consentimiento no se respeta podemos hablar de acoso o violación, dependiendo de la gravedad de la práctica involucrada. En casos extremos, como el toqueteo no consentido o la violación, es más claro identificar el quebrantamiento del acuerdo y por lo tanto el abuso y la violencia del acto. Pero existe una zona gris en donde es menos evidente el reconocimiento de la vulnerabilidad del consentimiento. Esa zona se sitúa en los terrenos más ambiguos de la convivencia cotidiana, en la calle, el trabajo, el aula, entre pares, en las relaciones íntimas, en las formas en las que vivimos y transitamos del espacio público al privado y viceversa.

Además, dada la estructura patriarcal del mundo en el que vivimos, el consentimiento se declina, por lo general, en femenino y se traduce en un acto personal en el que las mujeres son responsables de saber decir “no” y poner los límites cuando los avances de los hombres ya no son deseados (y digo mujeres porque, en términos comparativos, la diferencia ente mujeres y hombres víctimas de violencia de género es abrumadora, pero no estoy afirmando con ello que sean las únicas que se encuentran en esta situación). Genviève Fraisse, en su ya clásico libro sobre el tema  (Du consentement, traducido en 2012 por la UNAM y El Colegio de México), hace una breve genealogía del término que es muy esclarecedora para comprender por qué, cuando hablamos de consentimiento tanto en el ámbito jurídico como en el psicológico o social, este suele verse como una decisión personal y no como una cuestión colectiva o estructural. Esta  historia tiene que ver con los orígenes mismos del concepto en el ámbito de la teoría política, sobre todo en las discusiones que se dieron durante los siglos XVII y XVIII en torno al “contrato social”, cuyo fundamento, independientemente de las distintas definiciones y perspectivas, se encuentra en un acto de consentimiento libre y consciente del ciudadano.

Asumir que el consentimiento implica una decisión individual es problemático porque no toma en cuenta la dimensión colectiva de las situaciones de interacción entre las personas, como tampoco la dimensión estructural de las relaciones humanas (principalmente las heterosexuales, pero no solamente). Esta premisa implica que son las mujeres o cualquier persona que se encuentre en una posición de vulnerabilidad, las responsables últimas de la situación. Cuántas veces no hemos escuchado justificar el abuso bajo la frase “nunca dijo que no”. Nos ha hecho mucho daño esta lógica tan patriarcal del ligue como “conquista”, donde lo que se busca es “vencer” la resistencia de la mujer porque “seamos sinceros, siempre quieren, y verás como termina diciendo que sí”. Cuántas veces, de personas quizás mejor intencionadas, hemos escuchado la cantaleta de que hay que educar a las niñas y jóvenes para que sean asertivas, se ‘empoderen’ y expresen sin ambigüedades lo que quieren. No niego que poder reconocer y expresar nuestro placer o deseo sea fundamental, por supuesto que hay que romper con toda lógica que orille a las mujeres a no expresar abiertamente su interés por el sexo, a no ser tan activas porque “hay que darse a respetar”. El problema no es ese, es más bien que la lógica del consentimiento personal toma muy poco en cuenta la situación desigual en la que se dan las relaciones en la cotidianidad. Como bien argumenta Yolinliztli Pérez Hernández, la premisa del consentimiento individual no cuestiona el por qué, por ejemplo, un consentimiento no verbal puede ser malinterpretado por los hombres. La respuesta no radica sólo en las habilidades de comunicación de las personas, sino en las desiguales relaciones de género de nuestra sociedad (“Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género”, Revista Mexicana de Sociología 78, p. 753). Por desgracia, si hay algo que puso en evidencia el movimiento #metoo es la falacia de pensar que todo se reduce a saber decir que no. La realidad no deja de arrojarnos evidencias de la ineficacia y el nulo respeto al No femenino (sea verbal o tácito), lo que ha llevado a tantas situaciones de incomodidad, violencia y abuso.

La lógica del consentimiento no funciona si, como sociedad, seguimos presuponiendo que decir Sí o No es un acto de consciencia libre e individual que se da en igualdad de condiciones. El consentimiento no funciona si no lo situamos  en el marco más general de una ética del cuidado. Este sólo puede ejercerse libremente si construimos sensibilidades en las cuales las personas involucradas, sobre todo los hombres o quienes que estamos en situaciones de poder (profesores, empleadores, jefes, etc.), empecemos a preguntarnos cómo se siente la otra persona, si lo que estamos haciendo o diciendo gusta o está incomodando. Y esto hay que hacerlo en la calle, en el bar, en casa, en el aula; cuando se expresa una opinión sobre el aspecto físico de alguien, al hacer una broma de carácter sexual porque parece “simpático” y porque “así nos llevamos”, en el ligue, con la compañera de clases, con las amigas y colegas.

El consentimiento necesita de igualdad de condiciones y de un espacio seguro para ser ejercido. Sin una ética del cuidado, sin una responsabilidad compartida no hay forma de tener relaciones dignas, excitantes, deseables y libres. Sin este cuidado, el consentimiento seguirá siendo la responsabilidad de unas y la exculpación de varios.