La historia del colapso

 
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Punto Cardinal

Daniel Kent Carrasco

Necesitamos historias. Necesitamos contarlas, escucharlas, imaginarlas, repetirlas y recordarlas. Son lo que nos hizo lo que somos. No podemos seguir adelante sin historias.

Es difícil saber qué hace que una historia sea buena y otra no; por qué ciertas historias nos atrapan y nos cambian y otras no. Sin embargo, el reconocimiento de que una historia es importante es algo que sucede intuitivamente. Surge desde el fondo de una inteligencia primitiva que todos compartimos.

A pesar de esto, hoy en día pareciera que somos incapaces de contar historias nuevas. Leemos acontecimientos en clave fársica, a través del cinismo o del miedo. Es por esto que es importante hacernos algunas preguntas sobre las historias que nos contamos hoy en día. Es importante entender por qué parece tan difícil contar historias nuevas.

Creo que esto tiene que ver con la fijación que tenemos hoy en día con la historia del colapso. No podemos evitar pensar que es inminente. La certeza que tenemos del colapso nace de una forma de inteligencia radicalmente opuesta a la que regula nuestro amor por las historias. Es una certeza fría, cruel, hiperracional. Nos incapacita. La certeza no tiene nada que ver con las historias (con eso que algunos llaman ficción). La certeza es cosa de ideólogos.

Es importante pensar a fondo sobre nuestra certeza de que nos estamos acercando al colapso. A diario leemos que la humanidad ha cruzado umbrales de los que no podrá volver atrás. Creemos saber que el colapso es inevitable y cada vez más próximo. Lo vemos en los numerosos titulares y lo leemos también entre líneas mientras intentamos leer sobre otra cosa. Es la única historia que parece tener sentido: tan solo porque todas las otras historias parecen haberlo perdido.

Pero, ¿en qué pensamos cuando pensamos en el colapso? ¿En los mayas? ¿En la Atlantis? ¿En el Terminator? ¿Compartimos acaso una visión única del colapso? ¿Cómo será? ¿En qué formas se nos hará evidente? ¿Fuego? ¿Sed? ¿Lluvia? ¿Guerra?

Quizá sea posible identificar un común denominador en nuestra contemporánea imaginación pública del colapso. No resulta descabellado afirmar que la mayoría aceptaría que, primero, habrá un colapso ecológico (“es más fácil imaginar el calentamiento global que el fin del capitalismo”, etc.). Luego, pensamos, habrá un colapso político (quizá de ahí nuestra obsesión reciente por los zombies y los caminantes blancos). Y, tal vez, algunos imaginemos un colapso cultural: lo que podríamos llamar un “colapso civilizatorio”. Finalmente, es posible que para la mayoría de nosotros esta serie de imágenes vengan sucedidas por la imagen de una “época oscura”, un periodo indescifrable y terrible.

Pero, pensemos: ¿Qué se colapsa cuando hay un colapso? No resulta algo obvio. ¿Colapsan las estructuras simbólicas de una sociedad? ¿Colapsan los medios de producción? ¿Colapsan las poblaciones humanas? Preguntémonos, también, ¿Qué se pierde con el colapso? Y, tal vez más urgentemente, ¿Qué viene después del colapso?

No creo poder siquiera comenzar a esbozar respuestas para estas preguntas. Sin embargo, estoy seguro de que, para que podamos liberarnos de la parálisis que causa esta fría historia, tenemos que exigirnos una narrativa más compleja. Sabemos, por ejemplo, que históricamente las marcas del colapso han sido la desaparición de las élites y que lo que más sufre siempre es el basamento del poder y el privilegio. Quizás sería interesante normalizar la historia del colapso. No sería osado afirmar, siguiendo los argumentos de Against the Grain: A Deep history of the earliest states de James C. Scott (Yale University Press 2017), que los “interregnos” o “épocas oscuras” son, en la larga duración de la historia de la humanidad, la norma y no la excepción. En otras palabras, el colapso siempre ha sido, y es, una posibilidad. Y si pudiéramos estirar un poco más la cuerda (¿podemos?), podríamos afirmar que, en términos lógicos al menos, el colapso necesariamente trae consigo un nuevo comienzo.

Hay un último nudo especulativo que me interesa desenmarañar. Uno que se afloja a partir de la pregunta: ¿Porqué no existe hoy otra historia mas poderosa que la del colapso? ¿Porqué nos fascina tanto? Se ha dicho muchas veces que es un problema de imaginación: el capitalismo, nos explican, ha clausurado cualquier otro horizonte y no somos capaces de ver más allá de sus propios límites porque estos límites nos constituyen. Puede ser. Sin embargo, aceptemos por un momento que el “nosotros” en el que se basan estas explicaciones, la idea de la “humanidad” que asumimos como universal y que pensamos está de acuerdo en la historia de la inminencia del colapso, es, en realidad, una representación parcial e insuficiente. Es una fantasía. A riesgo de pecar de un burdo esencialismo, me atrevería a decir que los motivos de nuestra propensión por la historia del colapso son de índole cultural.

Retomemos, con esto en mente y de manera breve, los argumentos de Guy D. Middleton, inteligente y elocuente “colapsólogo” y autor de Understanding Collapse. Ancient Histroy and Modern Myths (Cambridge University Press, 2017). Middleton afirma que la idea del colapso apela a dos “deseos narrativos” de la actualidad. El primero reafirman un paradigma trágico, una estructura narrativa en la que un deus ex machina resuelve todo en el último momento. Y un segundo deseo, mucho más tortuoso, que nos lleva a pensar en la historia del colapso como una parábola de la expiación de la culpa. Sabemos que Sodoma y Gomorra fueron destruidas como parte de un castigo y que Noé sobrevivió al diluvio mientras que todos los demás pagaron por sus pecados. Creemos saber que el colapso es el resultado de nuestras acciones y que, por lo tanto, no podemos escapar de él.

Ambos deseos narrativos—consumir historias de salvación y expiación—eclipsan la posibilidad de pensar en el colapso de manera activa, política. Estructuran historias que nos satisfacen, pero que nos incapacitan para pensar, organizarnos, actuar y responder.

La historia del colapso no tiene que ser así. Después de todo, sólo los conservadores, los crueles y los mezquinos desearían que el colapso no llegara nunca. A pesar de que existen esfuerzos por recurrir a la historia del colapso para crear narrativas de resistencia o escapismo, es difícil identificar narrativas que asuman el colapso no como un final inevitable y definitivo sino como un enorme paso en una nueva dirección.

Volvemos, entonces, al punto de inicio. Estamos otra vez lejos del final. Necesitamos historias. Necesitamos contarlas, escucharlas, imaginarlas, repetirlas y recordarlas. No podemos seguir adelante sin historias. Pero, para que cumplan su función, las historias deben atreverse a ser siempre nuevas.