Hobsbawm en los márgenes (Parte II)

 

Perspectivas

Emile Chabal

Traducción de Nattie Golubov

(Parte I)

Repensar la revolución desde América Latina

 Hobsbawm conoció América Latina por etapas. Hizo viajes cortos a Cuba en 1960 y en 1961, como parte de una oleada de intelectuales europeos interesada en ver la revolución de Castro en persona. Pero su primer acercamiento profundo con la región ocurrió durante una visita de campo de tres meses a Sudamérica financiada por la fundación Rockefeller en 1962. Su travesía siguió un patrón similar al de sus anteriores viajes a España e Italia. En lugar de pasar un tiempo prolongado en un solo lugar, saltó de ciudad en ciudad, pasando algunas semanas en cada una de ellas. En el transcurso de 1962, viajó a Recife y Río de Janeiro en Brasil, Buenos Aires en Argentina, Santiago en Chile, Lima en Perú, Bogotá en Colombia, La Paz en Bolivia y Caracas en Venezuela. En cada una de las ciudades concertó reuniones para conversar con académicos y activistas de izquierda. Cuando corrió con suerte le presentaron a los obreros y sindicalistas, o lo llevaron a zonas más rurales a conocer campesinos, pueblos indígenas o cualquier otra persona que tuviese interés en platicar con un historiador británico curioso.

En años subsecuentes Hobsbawm continuó sus visitas a América Latina. Estas incluyeron su viaje al Congreso Cultural en La Habana en 1968 y viajes frecuentas a Brasil durante los años 1970. A una prolongada estancia de investigación en la Universidad Nacional Autónoma de México a principios de 1971, le siguió un periodo de investigación en Perú durante ese verano. Ya para 1980 dejó de hacer investigación en la región, pero su creciente fama significó que ya no necesitaba un pretexto para visitarla. Hasta su fallecimiento en 2012, hizo viajes frecuentes y crecientemente exitosos a varios países latinoamericanos que usualmente coincidían con la publicación de alguno de sus libros.

Dada la escasez de la investigación archivística y de campo hecha por Hobsbawm en América Latina, tuvo cuidado de no presentarse como especialista en la región. Pero en un momento en el que crecía el interés por la región y en el que había poco escrito en inglés sobre América Latina, rápidamente fue etiquetado como experto. Editores de periódicos y revistas le comisionaron artículos sobre la situación política de varios países latinoamericanos, una tarea para la que estaba eminentemente bien capacitado dados sus talentos periodísticos, mientras que las sociedades estudiantiles universitarias británicas lo invitaron a explicar las dinámicas de la revolución cubana o las rebeliones campesinas.

Este proceso de transformación en experto regional casi por accidente, incrementó el peso que tenía América Latina en las reformulaciones que Hobsbawm continuó haciéndole a la teoría marxista. En su solicitud de apoyo para la Fundación Rockefeller en 1962 argumentó que deseaba visitar América Latina con el propósito de estudiar los movimientos sociales primitivos y como continuación directa de su trabajo anterior sobre la rebelión primitiva. Pero para los años de 1970 sus horizontes se habían expandido para incluir una gama de debates sobre la historia y política latinoamericanas. Estos lo impulsaron a repensar la idea de revolución en un momento en el que los prospectos revolucionarios en Europa parecían haberse agotado.

El compromiso crítico de Hobsbawm con una historia de la revolución latinoamericana se hizo visible en sus dos artículos más sustanciales sobre la región. El primero, publicado en 1969, se enfocó en la rebelión campesina de la región peruana de La Convención, dirigida por el revolucionario heterodoxo Hugo Blanco; el segundo, publicado en 1974, fue un estudio más amplio sobre las ocupaciones territoriales campesinas en la sierra central peruana basado en miles de documentos rescatados por un grupo de jóvenes investigadores de las haciendas que se estaban transformando en granjas cooperativas. Como han señalado varios críticos, estos dos artículos se aferraban a los marcos marxistas ortodoxos sobre la acción revolucionaria campesina como perteneciente a una fase pre-política del desarrollo. Pero, al igual que en su escritura sobre Italia y España, el dominio que Hobsbawm mostraba sobre el detalle contextual y su evidente simpatía por muchas de las figuras clave, desmentían este rígido marco interpretativo. Entre su cuidadoso análisis de los precios del alimento y los patrones de tenencia de la tierra, vislumbró el potencial de una transformación social revolucionaria en las acciones de los campesinos latinoamericanos.

Las experiencias de Hobsbawm en América Latina también confirmaron su opinión acerca de lo que no debía ser una revolución. Su encuentro con los movimientos de izquierda radicales (y sus acólitos en Europa) cimentaron su invariable hostilidad hacia las estrategias anarquistas y guerrilleras. Fue consistentemente crítico de los intentos cubanos de incitar la revolución en diferentes partes del continente después de 1959, y expresó su desdén por la idea de una revolución campesina espontánea. Por el contrario, llegó a creer que las sociedades latinoamericanas altamente estratificadas y desiguales lograrían la revolución sólo por medio del Estado. De allí que saliera en defensa de la dictadura “progresista” peruana encabezada por Juan Velasco Alvarado entre 1968 y 1975. En un prominente artículo de la New York Review of Books de 1971, Hobsbawm argumentó que Perú, bajo Velasco, pasaba por una “revolución peculiar.” Era, en sus palabras, una “transformación de la estructura económica, social e institucional” que no implicaba la “movilización masiva de fuerzas populares.”

Tal apoyo abierto a un régimen militar fue recibido con estupefacción por los interlocutores peruanos de Hobsbawm, muchos de los cuales creían que una dictadura militar sólo podía significar un desastre para la izquierda. Pero era típico de su intento por enfrentarse al problema de la revolución en vista de sus viajes. Hobsbawm reconoció que los prospectos para una revolución eran buenos en la América Latina de los años 60, pero reconocía también que los partidos comunistas organizados eran débiles y que el espectro del autoritarismo de derecha estaba siempre presente. El régimen de Velasco, comprometido con una reforma territorial extensiva, la nacionalización de la extracción de recursos y una limitada redistribución de la riqueza, ofrecía una solución adecuada. No era democrático pero prometía solucionar los reclamos legítimos de un pauperizado campesinado rural semifeudal, sin llegar al punto muerto idealista de la política guerrillera guevarista.   

Esta visión híbrida de la revolución entrelazó sus actitudes comunistas ortodoxas con el reconocimiento de la desesperada condición de las masas. Es improbable que hubiese ideado este tipo de marco si no hubiese entrado en contacto con la escala de la desigualdad económica existente en América Latina en los año 60, algo que frecuentemente mencionaba en sus notas de campo y las notas periodísticas que escribió a su regreso. Los lugares que visitó, las personas que conoció en trenes y autobuses, así como las entrevistas que mantuvo con académicos e intelectuales de izquierda, lo obligaron a reevaluar las condiciones en las que sucedería una revolución y la forma que ésta tomaría. A diferencia de los jóvenes marxistas europeos, nunca lo sedujo la promesa de una revolución global. Pero logró deshacerse de algunos de sus supuestos más rígidos acerca de lo que sería una revolución social exitosa.

 

El socialismo democrático de los años 80

Hacia finales de 1970, Hobsbawm encendió una controversia importante con la izquierda británica con su conferencia “The Forward March of Labour Halted,” que después fue publicada como artículo en la renovada revista del CPGB, Marxism Today.  Su argumento era simple: el desarrollo del movimiento obrero británico, que había sido tan crucial para el surgimiento del Partido Laborista a inicios del siglo veinte, para las décadas de 1950 y 1960 se había detenido. Desde entonces, la clase obrera se había fragmentado aún más y sus manifestaciones sindicales se habían debilitado.

Esta intervención provocó un torbellino de críticas, especialmente de quienes interpretaban el aumento de la actividad sindical de los 70 como indicador de fuerza. Pero la llegada del gobierno conservador de Margaret Thatcher en 1979 dio al argumento de Hobsbawm un renovado vigor. Su robusto neoliberalismo, las sucesivas derrotas electorales del partido Laborista y el sometimiento de la huelga minera sugerían que el movimiento obrero británico se había estancado. Al ser reconocido por “predecir” el triunfo del thatcherismo, Hobsbawm estuvo crecientemente involucrado en los debates referentes a la futura estrategia de la izquierda.

Para Hobsbawm, la respuesta a la crisis de la izquierda británica de los años 80 era muy semejante a la respuesta que siempre había dado, a saber, que las diferentes tendencias debían unir fuerzas en un solo frente para derrotar a Thatcher. Esta postura estratégica fue producto de su activismo político estudiantil de fines de los años 30. Cerca del final de su vida, Hobsbawm se mostró abierto y nostálgico por la estrategia del frente popular de su juventud, cuando los comunistas buscaron construir alianzas amplias contra el fascismo. Creía firmemente que la izquierda no podría ganar en un contexto europeo democrático sin dejar a un lado sus diferencias y luchar conjuntamente para derrotar a la derecha. Estaba tan comprometido con esta estrategia que durante la década de 1980 repetidamente comparó a Thatcher con Hitler. Siempre añadía matices a su comparación, pero era un argumento alarmantemente ahistórico para alguien que había vivido el ascenso al poder de Hitler y que era un historiador profesional de la Europa moderna.

Con todo y que Hobsbawm enfatizó el valor de la estrategia del frente popular de entreguerras, los ejemplos contemporáneos de la unidad de la izquierda a los que hizo referencia con frecuencia provenían de las periferias europeas o globales. En su esfuerzo por persuadir al movimiento obrero británico de dejar a un lado sus debates insulares y buscar inspiración más allá, señaló no sólo a la izquierda unida en Francia (que llegó al poder en 1981) sino a los ejemplos de España e Italia. Crucialmente, a finales de los años 80, complementó estos puntos de referencia con aquél del Partido dos Trabalhadores (PT) de Brasil.

A partir de la atrofia de la izquierda europea de los años 90 –especialmente en Francia e Italia-, Hobsbawm llegó a pensar que la izquierda brasileña era el ejemplo preeminente de una exitosa estrategia de un frente común. Felizmente admitía su abierta admiración por el PT y reconoció la singular composición social amplia del partido, que hacía eco de la amplia base social que había obtenido el PCI en Italia durante su apogeo en 1960 y 1970. También comentó en repetidas ocasiones sobre el hecho de que el PT era, en ese momento, el único partido de izquierda en el mundo dirigido por un varadero obrero industrial, el carismático Luiz Inácio Lula da Silva. Admitió incluso que llevaba consigo un llavero del PT hasta sus últimos años, un íntimo reconocimiento de su vínculo afectivo con el partido.

Además del PT brasileño, el destino del movimiento comunista en India interesó mucho a Hobsbawm. En la década de 1990, India contaba con uno de los movimientos comunistas más grandes del mundo, con décadas de experiencia en el gobierno democrático en los grandes estados de Bengala Occidental y Kerala. Pese a la fragmentación del movimiento comunista indio y el surgimiento de una violenta rebelión de inspiración maoísta en el sureste del país durante los 60, para Hobsbawm, el comunismo indio era otro ejemplo de la estrategia de una izquierda popular unificada con una base amplia que podía presumir sus logros tangibles en las urnas.

Aunque la actitud instintiva de Hobsbawm sobre el frente popular era firmemente europea, los ejemplos que citaba por lo general no provenían de los centros tradicionales del pensamiento marxista. Más bien venían de las experiencias que había discutido o atestiguado más allá de las costas europeas. En la década de 1980, incluso cuando afianzó su intervención en los debates que se llevaban a cabo en la izquierda británica, también remitió a las prácticas marxistas en países tan distantes como Brasil e India. En esta década, así como en los 50, las experiencias de Hobsbawm en la periferia orientaron sus intervenciones estratégicas y dieron forma a su imaginación política.

 

Abriendo el futuro

Enfatizar el papel de la periferia en la carrera de Hobsbawm no implica ignorar las muchas otras influencias en su trabajo. Simplemente contribuye a obtener una imagen más completa de su trayectoria intelectual y ofrece un mejor panorama de la circulación de ideas marxistas durante la segunda mitad del siglo veinte. Si consideramos sus encuentros fugaces con los campesinos calabreses, obreros mexicanos, agricultores peruanos, bandidos argentinos y comunistas italianos, podemos ver que las interacciones de Hobsbawm con la periferia fueron más que una serie de encuentros exóticos. Al contrario, se convirtieron en un elemento central de su idea de lo que era y debía ser la izquierda.

 Así como su trabajo llegó a influenciar a miles de marxistas en lugares inesperados, su compromiso con distintas partes del mundo influyó profundamente en su propio marxismo. Para Hobsbawm, la periferia nunca fue periférica, se trataba de un emocionante laboratorio para ensayar ideas marxistas, un laboratorio que ofrecía un futuro potencialmente más dinámico y abierto para la visión comunista con la que siempre estuvo comprometido.  

Eric Hobsbawm / BBC

Eric Hobsbawm / BBC


Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Jacobin Magazine. Traducido y publicado con permiso de Emile Chabal.