Historias para un mundo de miedo: el Tercer Mundo a partir de Bandung

 
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Punto Cardinal

Daniel Kent Carrasco

 
 

Hace un mes se cumplió el 64 aniversario de la Conferencia Afro-Asiática de 1955. Celebrada en la floreada ciudad indonesia de Bandung en el momento de máximo entusiasmo descolonizador a lo largo y ancho de las antiguas posesiones imperiales europeas, la Conferencia representó un momento de enorme entusiasmo; quizás el último momento de verdadero idealismo en el ámbito de las relaciones internacionales. El impulso de Bandung apuntaba nada menos que a crear un nuevo orden global, en el que los países y pueblos del mundo fueran capaces de actuar en solidaridad y con respeto a las diferencias que los separaban.

El espíritu de Bandung representó una nueva forma de imaginar el futuro. En su discurso inaugural, el presidente de la recientemente creada República de Indonesia, Ahmed Sukarno, declaró: “Vivimos en un mundo lleno de miedo. La vida de los seres humanos está corroída y amargada por el miedo: miedo del futuro, miedo de la bomba de hidrógeno, miedo a las ideologías.” El miedo, aseguraba Sukarno, era el mayor peligro al que se enfrentaban los pueblos oprimidos del mundo, pues llevaba a las personas a actuar irreflexiva, egoísta y violentamente. “Tenemos una responsabilidad enorme”, concluía el indonesio frente a los delegados de los territorios que servían de hogar—entonces como hoy—de más de la mitad de la humanidad: “una responsabilidad con nosotros mismos, con el mundo, y con aquellas generaciones que aún no han nacido.”

 
 
Recibimiento de los organizadores y sus esposas: Sukarno, Hatta, Unu, Nehru, Muhammad Ali, John Kotelawala, Ali Sastroamidjojo, en la conferencia de 1955  Tomado del Archivo de   Bandung Spirit

Recibimiento de los organizadores y sus esposas: Sukarno, Hatta, Unu, Nehru, Muhammad Ali, John Kotelawala, Ali Sastroamidjojo, en la conferencia de 1955

Tomado del Archivo de Bandung Spirit

 
 

Los líderes reunidos en Bandung buscaban sentar las bases para la combinación de las metas del impulso internacionalista del socialismo y las mejores virtudes del liberalismo occidental. Defendiendo la imagen de un “Tercer Mundo”, los representantes de Filipinas, Pakistán , Ghana, India, Yugoslavia, Indonesia, Etiopía, Turquía y Egipto buscaban demostrar que se podían seguir varias rutas a la vez y elegir lo mejor de entre opciones que desde el Atlántico Norte y el Bloque Soviético se presentaban como irreconciliables. Querían combinar el derecho a la autodeterminación con el ideario del internacionalismo, la apertura comercial con la planeación y redistribución desde el Estado, la libertad de los individuos con la mayor igualdad de clase. Durante décadas, por lo menos hasta mediados de los 70s, este proyecto dirigió la vida política y económica de casi dos terceras partes de la humanidad, desde India hasta Egipto pasando por Yugoslavia y Ghana.

Hoy en día, a 60 años de distancia, estamos presenciando un viraje en una dirección muy distinta a lo largo y ancho del otrora llamado Tercer Mundo. Gobiernos como el de Rodrigo Duterte en Filipinas, Jair Bolsonaro en Brasil y Recep Erdogan en Turquía poco tienen que ver con los ideales de Bandung. Desde Manila se llama a asesinar a los criminales y poner a las mujeres en su lugar, desde Brasilia se exige eliminar discusiones en torno a la igualdad y la diversidad de los libros de texto—bajo el pretexto que parten de una perniciosa ideología de izquierda—y se atacan como nunca antes los derechos de los pueblos indígenas, y desde Ankara se aboga por la represión de las minorías y la militarización creciente de la política y la sociedad.

No debería de sorprendernos que en Estados Unidos y a lo largo del viejo mundo emerjan nuevamente, como en las décadas de entreguerras, crecientes reclamos en defensa de la superioridad racial, la violencia de género y la xenofobia. Después de todo, el fascismo es una creación de Occidente, tanto como lo son el liberalismo y el socialismo. Lo que sí es preocupante—y debería de ponernos en guardia—es la proliferación del neofascismo a través del Tercer Mundo y la naturalidad con la que la extrema derecha ha fagocitado los antiguos principios de solidaridad, internacionalismo y coexistencia que impulsaron el espíritu de Bandung.

Hace unos pocos días el mundo se enteró de la apabullante victoria de Narendra Modi en las elecciones nacionales de India. Tras ganar más del 60% de los escaños de la cámara baja del Parlamento Indio, la reelección de Modi, quien ha sido Primer Ministro de India desde 2014, consolidó el ascendente poder de la Derecha Hindú y legitimó el violento nacionalismo defendido por sus partidarios y articulado en contra del viejo ideal Nehruviano del nacionalismo secular y la “unidad en la diversidad”. En la India de Modi, como ha quedado claro desde hace años, no tienen cabida los musulmanes, las castas bajas, los campesinos ni las minorías de ningún tipo. Más allá de las fronteras de India, en Pakistán, el triunfo de la derecha hace saltar los botones de alarma dado el historial de fricción entre ambos países y la facilidad con la que Modi adopta el papel del líder fuerte y garante del orden. En una de las cunas del tercermundismo, se erige hoy un régimen basado en la exclusión, la violencia y el despojo.

El triunfo de Modi en India ha consolidado el giro hacia el neofascismo en el Tercer Mundo que se venía gestando desde hace al menos una década. El espíritu de Bandung, que hace apenas 3 generaciones se perfilaba como una posibilidad real para la creación de un nuevo orden internacional, parece haber quedado enterrado irremediablemente bajo el avance de la derecha nacionalista más intolerante. Hoy más que nunca, es importante seguir insistiendo en la importancia de entender las posibilidades eclipsadas de la historia reciente del siglo XX para imaginar posibles contrapesos en contra de lo que parece el irremediable avance de los Dutertes, los Bolsonaros, los Modis y los Erdogans. El Tercer Mundo y el espíritu de Bandung son episodios célebres de estas historias desconocidas, pero existen innumerables historias paralelas e interconectadas que es importante retomar y repensar frente al presente que tenemos y el futuro que se avizora. El fin de la historia no tuvo lugar en 1989: no hay porqué pensar que lo que hace apenas medio siglo guiaba a la mayoría de la humanidad sea hoy más anacrónico que los ideales del fascismo de la Europa de entreguerras.