Extranjeros artificiales: la tragedia de los musulmanes en Assam

 
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Punto Cardinal

Daniel Kent Carrasco

A finales de agosto, el gobierno del estado indio de Assam privó a dos millones de sus propios ciudadanos de los derechos legales de ciudadanía y garantías individuales. La medida obedece a una innegable lógica de diferenciación y exclusión étnica: la gran mayoría de los afectados son ciudadanos musulmanes de habla bengalí, cuyos ancestros provenían del país vecino de Bangladesh. En una violenta maniobra legal, el gobierno de Assam, con el beneplácito del gobierno federal indio, se ha sumado a la creciente ola de xenofobia y rechazo a la migración que azota todos los rincones del mundo para alterar la composición demográfica del estado y crear un enorme contingente de extranjeros artificiales despojados de toda protección legal. 

Esta medida presenta la culminación del censo poblacional de Assam iniciado en 2015, que tenía como propósito identificar a migrantes ilegales provenientes de Bangladesh en la región. A principios del aquel año, el gobierno del estado norteño de Assam, controlado por el Partido Bharatiya Janata (BJP), el partido del Primer Ministro Narendra Modi, inició una actualización del Registro Nacional de Ciudadanos (RNC) que tenía como finalidad definir claramente el número de ciudadanos, y de votantes, en el Estado.  

En julio del 2018, una lista preliminar del RNC declaró que casi cuatro millones de personas —más del 10% de la población total de 37 millones— podrían quedar excluidas de la ciudadanía —y de su derecho al voto— a pesar, en muchos casos, de haber nacido y vivido en Assam toda su vida. En ese momento, autoridades en Assam aseguraron a la población que esto no representaba un peligro para nadie. En específico el Ministro en Jefe Sarbananda Sonowal aclaró que nadie sería tratado como un extranjero ni llevado a centros de detención y que a todos se les daría la oportunidad de autentificar su ciudadanía.

A partir de entonces, la ansiedad de la población no ha hecho más que aumentar. Tras el arrollador triunfo de Narendra Modi en las elecciones nacionales de 2019, la agenda violenta y excluyente del nacionalismo hindú —una doctrina que ve en la identidad cultural hindú la esencia de la nación india y que desde hace décadas ha abogado por la exclusión de los musulmanes de ese país— ha tomado nuevos bríos. En los últimos meses hemos presenciado al alza la tensión en la frontera con Pakistán; la ocupación del disputado territorio de Kashmir, de mayoría musulmana, por más de 900 000 soldados indios; y la creciente confrontación entre comunidades hindúes y musulmanas en distintos puntos del país. En Assam, un estado azotado desde hace décadas por tensiones y episodios de violencia entre comunidades religiosas y étnicas, esto ha contribuido a la aceptación de la idea de que la creciente importancia de la población musulmana, conformada en gran parte por descendientes de migrantes del vecino país de Bangladesh, representa una amenaza para los intereses de la mayoritaria comunidad hindú.

A los cuatro millones de posibles excluidos enlistados en 2015 se les dio la oportunidad de conservar su ciudadanía si lograban presentar evidencia de su arraigo en Assam previo a marzo de 1971. En diciembre de aquel año, a raíz de la guerra entre India y Pakistán que desembocó en la creación de Bangladesh a partir de la independencia de lo que entonces era Pakistán Oriental, millones de refugiados musulmanes de habla bengalí se asentaron en India. La mayoría de estos migrantes se instalaron en las regiones orientales de India, sobre todo Bengala Occidental y Assam. A todos los que no pudieran demostrar presencia de sus familiares en India en fechas anteriores a la guerra, se les privaría de sus derechos de ciudadanía.

En agosto de 2019, los peores miedos de la población musulmana de Assam se vieron confirmados con la publicación de los resultados del censo del RNC. En éstos se aclaraba que el Estado indio había decidido privar de sus derechos a la mitad de los cuatro millones de personas que se temía quedarían excluidas de ciudadanía. Hoy dos millones de pobladores en Assam son tratados como extranjeros en el lugar de su nacimiento.

No está claro lo que puede suceder con estas personas. A pesar de haberlos convertido en extranjeros, el gobierno de Narendra Modi no ha manifestado hasta ahora su intención de deportarlos y, de ser así, no está claro si el gobierno de Bangladesh aceptaría recibirlos dado que, en la mayoría de los casos, se trata de personas que hasta hace días eran ciudadanos indios. Por lo pronto, muchos de ellos han sido encarcelados por el gobierno de Narendra Modi, y se ha iniciado la construcción de un enorme campo de detención para estos nuevos extranjeros artificiales que estará listo en 2020.

El gobierno de India recientemente anunció su intención de extender el recuento del RNC al resto del país. Esto implicaría certificar la ciudadanía e historia familiar de casi 1300 millones de personas y podría ocasionar potencialmente una ola de migración forzada, mayor a la causada por la expulsión de la comunidad Rohingya de Myanmar en 2017, o podría dar forma a un sistema de encarcelamiento étnico similar al desarrollado en China y que hoy retiene a más de un millón de uigures musulmanes. 

El verdadero problema, sin embargo, no es la inmigración. Como en otras regiones del mundo, la verdadera causa detrás de esta enorme violencia es el rechazo hacia las minorías orquestado en defensa de identidades étnicas hegemónicas. Como en el caso de los Estados Unidos, el rédito electoral de este crimen emerge de la alienación de las mayorías privilegiadas.

A pesar del interés mediático en torno a las políticas de Donald Trump o los ridículos embrollos en torno al tema del brexit, la evidencia que emerge de la India de Narendra Modi indica que la punta de lanza de la política reaccionaria de derecha en el mundo se encuentra en el Tercer Mundo. Después de décadas de celebrar la globalización, la interconexión y el multiculturalismo, hoy vemos que el chauvinismo, el nacionalismo y el aislacionismo definen la agenda política internacional tanto en el Norte como en el Sur. Desde el fundamentalismo del Estado Islámico hasta la defensa de la supremacía blanca de Donald Trump, pasando por el fascismo de Jair Bolsonaro, líderes y movimientos alrededor del mundo atizan el miedo y la ira para redefinir los contornos de la democracia a lo largo y ancho del mundo. En este revuelto panorama, el suprematismo hindú de Narendra Modi y el BJP continúan mostrándonos su capacidad para ampliar los límites de la violencia política.